| Por una Cultura Ecolgica
En primer lugar, creo que resulta conveniente reconocer una evidencia: la defensa del medio ambiente se ha difuminado dentro de la demagogia oficial de la mayora de los partidos polticos occidentales ...
Por: Joan Manuel Cabezas Lpez, Doctor en Antropologa Social, Presidente de la Fundacin ETHNOS
En primer lugar, creo que resulta conveniente reconocer una evidencia: la defensa
del medio ambiente se ha difuminado dentro de la demagogia oficial de la mayora
de los partidos polticos occidentales, e incluso se ha ubicado en ciertos
habitculos de la burocracia administrativa. La etiqueta verde
es un recurso que, lejos de guarecer un sentimiento realmente ecologista y vinculado
con la tierra, otorga una cierta legitimacin discursiva y se transfigura
en un burdo disfraz que oculta los mismos intereses privados, utilitaristas
y ecocidas, que estn en la base del sistema de pensamiento que avitualla
la sociedad capitalista moderna.
La raz de este sistema de pensamiento se halla inscrita en la escisin
absoluta generada entre polis y naturaleza, y entre sociedad (considerada
como garante de la civilizacin) y medio ambiente (visto
como el enemigo a combatir, a ser expoliado, usado y sometido
a vejacin constante). A lo largo de los siglos XVII al XX, el utilitarismo
se transform en capitalismo, constituyendo ste la fase ms
brutal de la separacin hombre-naturaleza. No es casual que Descartes
sugiriese que el ser humano ha de tener el derecho a usar y abusar del medio,
ni que Hobbes subrayase que (palabras textuales) la naturaleza es una puta de
la cual hay que sacar el mximo provecho. Tal es el lema del utilitarismo
hoy en da imperante: reducir la racionalidad al mero clculo
del coste y de los beneficios, y convertir en bienes mercantiles tanto a manufacturas
como a paisajes, bosques, animales, mares y territorios. Lo peor de todo es
que la aberracin que esto supone a menudo es vista como algo de sentido
comn, en virtud de la extraordinaria interiorizacin que
amplios sectores de la ciudadana han hecho del sistema mental al que
nos referimos. Como resultado de una cierta mala consciencia, o de la pura y
dura mercantilizacin de lo verde, han surgido dentro del
mismo sistema de pensamiento algunas corrientes que, con diversa fortuna y fuerza,
abogan por una a veces sincera defensa del medio natural. Estamos hablando del
ecologismo (en el sentido poltico-meditico del
trmino).
El ecologismo es una fase necesaria, pero no suficiente, dentro del pensamiento
escisionista. Antes ya he comentado que sus nobles premisas han sido adoptadas
(hasta convertirlas en mera palabrera vaca) por muchos sectores
del establishment oficial. Pero an subsisten sectores realmente
comprometidos (conscientemente) con la lucha por la defensa del medio ambiente,
y que se vuelcan con todas sus energas en pos de dicho objetivo. Lo
negativo es que su voz se diluye en el magma neoliberal imperante (ltimo
estertor del utilitarismo suicida?), un magma que resuena como una apabullante
cacofona repleta de dogmas autocomplacientes y pseudoecologistas, tal
y como demuestra una idea que ha hecho fortuna entre la burguesa reformista:
la sostenibilidad. Lejos de apostar por un verdadero cambio en el rumbo de la
actual sociedad global, se pretende sostener el sistema de expansin
ad infinitum del capitalismo financiero de raz cultural anglosajona
(en pocas palabras, la globalizacin y la nueva
sociedad tecnolgica). Atencin al trmino sostener:
proviene del latn sustinere, vocablo que equivale a soportar,
sufrir, aguantar. Por tanto, remite a una suerte de tortura, de tortura
consentida, ante los embates de la dictadura del cemento y del capital fro
y atrozmente calculador. Y, en la prctica, la sostenibilidad implica
posponer una inevitable decadencia del medio natural. Prolongar la agona,
pero no solucionar el mal. Si bien el ecologismo resulta pertinente para minar
las acciones del fascismo ecolgico impuesto por el
sistema de pensamiento moderno (utilitarista y escisionista), poco se lograr
si no se inculca una cultura ecolgica que reestructure las bases
mentales (de dnde surgen las posteriores acciones).
Este, y no otro, es el punto axial de mi reflexin.
La cultura ecolgica debe identificarse con la oposicin
a la ideologa econmica, social y poltica dominante,
as como a sus presupuestos tecnolgicos y cientficos,
y a la concepcin de una sociedad de individuos aislados, destinados
a producir y a consumir racionalmente bajo las rdenes
del mecanismo autorregulado del mercado. Cuando decimos cultura, no
es por casualidad: en primer lugar, debe existir un sistema de pensamiento que
presente una alternativa al actual (y no slo lo ataque y/o reforme),
y que sea adoptado por la ciudadana gracias a una constante tarea de
concienciacin; en segundo lugar, la ecologa debe dotarse de
una cultura en el sentido ms literal (y no peyorativo)
del trmino, es decir: de una totalidad compleja y bien estructurada
que abarque los diversos mviles adquiridos por el ser humano en tanto
que miembro de una sociedad. Esta cultura ecolgica debe retomar muchos
aspectos propios de pueblos tradicionales (no-modernos), los cuales observan
al hombre, a la sociedad y a la naturaleza, como parte de un mismo TODO, de
una globalidad csmica cuyo equilibrio resulta esencial e incuestionable.
No se tratara, pues, de defender algo externo. La interiorizacin
de dicha cultura implicara, de manera inmediata, una TOTAL identificacin
con la naturaleza, ya que compartimos la misma esencia. La defensa
del medio natural se dara por supuesta desde el momento en que se tuviese
plena conciencia de formar parte de una misma unidad plural
que va ms all del recuento numrico, del clculo
aritmtico y de la reglamentacin geomtrica. Si los animales
se extinguiesen, el hombre no morira de inanicin (pensamiento
ecologista reformista: salvar la naturaleza para salvar al hombre), sino de
pena y de soledad (cultura ecologista). Porque los animales son LO MISMO que
el hombre: parte de la misma realidad y, por tanto, comparten la misma esencia.
Tienen que existir por si y en si, no para algo.
La cultura ecolgica implica una larga, imbricada y densa concatenacin
de conceptos, de ideas, y de filamentos simblicos ramificados que las
complementan, pero cabra decir que un primer paso de la pedagoga
activa corrosiva ante el utilitarismo hegemnico pasa por la divulgacin
de un espritu de humildad. Humildad respecto del lugar que el ser humano
ocupa en la naturaleza. Humildad, cabe subrayarlo, proviene de humus
(tierra), acepcin emparentada con homo. La humildad es reconocer la
vinculacin afectiva, simblica, emocional, prctica y
vital del ser humano con la tierra. Y obrar en consecuencia.
La tierra, la naturaleza, es sagrada. Es un regalo que hemos de respetar y
de cuidar, puesto que nosotros somos una parte de esta tierra. La tierra no
pertenece a los hombres, sino que los hombres pertenecen a la tierra. Si no
cambiamos radicalmente de cultura, solo dejaremos un desierto muerto. Nosotros
no hemos creado el tejido de la vida: solamente somos un hilo de este tejido.
Nosotros somos una parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Por tanto,
aquello que le pase a la tierra, tambin le pasar a los hijos
de la tierra.
Evidentemente, un prrafo de tal profundidad no corresponde a la creatividad
del que escribe estas lneas, si no al jefe Seattle de la tribu de los
duwamish (NO de los actuales EEUU). Las pronunci en 1855, pero recogen
el saber profundo de un pensamiento que hay que recuperar urgentemente, y que
est presente en multitud de etnias menospreciadas por la modernidad
y de las que, en cambio, tenemos mucho que aprender si queremos generar e inculcar,
de veras, una cultura ecolgica. Donde hay una voluntad, hay un camino
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